
En algún momento de mi educación básica un profesor, cuyo rostro no recuerdo, me enseñó que el color gris era la mezcla de blanco y negro. Un color poco preciso, tras el que se pueden esconder algunos trazos no muy legibles.
Esa característica de no ser un color ni el otro nos arropa, convirtiéndose en un comportamiento socialmente validado por las organizaciones de poder y aceptado por los grupos sociales.
A que me refiero? A esa cobardía generalizada que tenemos de defender aquello en lo que creemos y expresar aquello en que pensamos.
A que diablos estamos jugando en esta sociedad? a qué, si no coincido con las posiciones que asumen los dueños del poder corremos el riesgo de dejar de existir?
Prefiero mil veces eso a anularme con el silencio, a mutilarme con las ausencias en los escenarios en los que estoy consciente debo participar.
Ganarnos el derecho a hablar y a estar ha costado mucho, ha costado mucha sangre. Estamos consciente de que ahora las amenazas son diferentes, que los peligros son otros y las torturas ya no son necesarias aplicarlas en la 40 o en la Victoria.
Pero de la misma forma estoy consciente de que existe una generación comprometida que no tiene color ni sexo, ni religión ni partido, ni diferencias económicas ni discrimina en el nivel de educación. Es gente comprometida y punto. Gente, seres humanos que han sabido interpretar el verdadero significado de la libertad, el compromiso y la solidaridad. Gente que diariamente nos da una lección de vida.
Me rehuso a quedarme callada. Me niego rotundamente a auto aniquilarme por temor a que no me lleguen los trabajos y por ser complaciente con aquellos monstruos de dos cabezas que son dueños del poder.
Estoy harte de la cultura de los grises, de los media tintas, de la doble moral, de la falsedad y lo fácil con que mucha gente se esconde detrás de todo esto para justificar su apatía, su arrogancia e hipocresía.

