
Es uno de esos seres que intimida con el sólo hecho de estar. Sus entradas son silenciosas, con un aparente dejo de humildad que se rompe cuando inicia su discurso, que por lo regular, se encarga de aplastar sin piedad a todo el que le escucha.
A él le conocen por su oficio, por dejar su marca en cada proyecto que ejecuta. Su profesionalidad es el escenario que usa para hacer gala de su prepotencia feroz. Es la tarima sobre la cual avanza, seguro, sin tapujos, como una brisa fuerte, sin piedad, frío, calculador.
Siempre me provocó intriga conocer que guardaba su alma. Saber si realmente ese ser indolente nunca llegaba a sentir. Saber si no tambaleaba por dentro frente a la perdida de un amigo o al simple hecho de ver el sol nacer.
Hoy, cuando apenas conozco que tiene un lunar en uno de sus ojos me doy cuenta de que si se quebraja. De que el misterio que rodea su mirada más que misterio es tristeza. De que la soledad es su compañía perfecta y que la nostalgia es el reflejo de su sonrisa.
Me atreví a mirarle de frente y no me arrepiento por que descubrí un ser maravillosamente imperfecto, extraordinariamente frágil y espectacularmente tierno.

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