
Hace algunos años conversando con un grupo de amigos les externaba que me hubiese gustado tener la edad que tengo ahora durante la época de los doce años. El deseo de retrocede mi edad en el tiempo fue la forma más elegante que encontré para renegar de la generación a la que pertenezco.
Recordaba que en esos momentos trágicos de los 12 sangrientos años balagueristas mi padre era dirigente de izquierda y de alguna forma mis hermanas y yo fungíamos como las mascotas del movimiento.
Veíamos como la juventud estaba comprometida con lo que pasaba en el país en ese momento. Los centros educativos se convertían en espacio de discusión de la problemática social. Los artistas fueron portavoces perfecto para gritar al mundo la realidad que amenazaba y azotaba la libertad de los dominicanos.
Mis hermanas y yo fuimos creciendo y presenciamos como fue desapareciendo el discurso. No olvidaré el ambiente clandestino de satisfacción que reinaba aquel 16 de mayo del 78 en que de forma prácticamente unánime salimos del sucesor del tirano.
Fuimos creciendo y nos convertimos en observadores indolentes. Asistimos a cambios de gobierno, presenciamos como todos delinquían, vimos morir a los caudillos y todos sentados desde cómodos asientos sin sentirnos parte de esa realidad.
Mi generación se preocupó por su individualidad, por adentrarse en el sistema productivo y hacerse con lo propio sin importar para nada aquello del bien común. Y aparecerán voces que justificarán nuestra indolencia colectiva sobre la base de que la situación no era la misma, sin embargo siguen existiendo las mismas carencias en el pueblo, lo único que varió ha sido la forma de represión y de hostigamiento.
Mientras nos fuimos haciendo adultos nació una generación diferente, que ha crecido escuchando un discurso en el que se asienta el compromiso con el ser humano, la naturaleza, la tolerancia y la necesidad de hacernos hombres y mujeres de paz.
Gente que ha sabido utilizar la tecnología para romper la individualidad dañina asumiendo posiciones colectivas frente a los temas que nos amenazan. Gente que no es indolente, gente comprometida, que disponen de lo que son, de lo que tienen y de su tiempo para hacer causa común con el que lo necesita. Gente que no es gregaria, que ha sabido romper las barreras de las diferencias sociales para hacer una sola fila y encarar de frente aquello que le preocupa.
Hemos sido testigo de su forma de accionar. La lucha por los Haitíses es una de su muestra más reciente. Han luchado con todo lo que tienen a su favor, con la juventud, cada quien disponiendo de su tiempo y aportando a través de lo que saben hacer. Han sabido con inteligencia buscar lo que no tienen y enfrentar de cara los intereses más perverso.
No se amilanan, marchan con la cara en alto, la dignidad como estandarte y con la certeza de que entre todos se puede hacer un mejor país.

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