
Tuvo la tierra que tronar fuerte para que volteáramos la mirada.
Tuvo la tierra que parir muerte y terror para que volteáramos la mirada.
El polvo nublo el paisaje y una nube de humareda postrarse frente nuestros ojos para que volteáramos la mirada.
Tuvo de juntarse el cielo con la tierra para que quedara al descubierto la maldita miseria.
Hubo un solo grito, al unísono se juntaron los llantos de los niños haitianos y solo así el mundo escucho el sonido del hambre y el desconsuelo.
De este lado de la isla había quienes vociferaban en voz alta y nadie escuchaba. Ni los de aquí, ni los de afuera, nadie escuchaba.
Hoy volteamos nuestros rostros y quedamos sorprendidos como si por primera vez entendiéramos lo que vive el país vecino.
Aun no se han derramado todas las lágrimas. Aun nos falta por mirar el color de la desespernza:

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