
Hace algunos años, 5, 10 no recuerdo, publique un trabajo sobre uno de los personajes principales de la película cubana Fresa y Chocolate. A mi entender la primera producción cinematográfica de ese país que traspaso el horizonte de la isla y llegó a convertirse en un referente internacional importante de las escuelas de cine de nuestra contestataria y revolucionaria Cuba . (Valga la aclaración y el atrevimiento pues no se absolutamene nada de cine).
En esos tiempos mi rebeldía era aun más evidente en mis cabellos, en mis carteras y los lugares que frecuentaba. Andaba por la vida con la seguridad de que nada ni nadie sería capaz de arrebatarme ese dejo de libertad que podía materializar en los libros que leía, los párrafos que escribías, los amigos que tenía, los lugares que frecuentaba y las expresiones lúdicas de mi cuerpo.
Hoy, con un trecho de vida más largo recorrido, con proyectos realizados y con el espíritu rebelde intacto vuelvo a recurrir al recuerdo de Diego, el pájaro de Fresa y Chocolate. ¿La razón? sigue existiendo en mi el vacío de tener un cómplice en el silencio, dispuesto a transgredir y a construir con gestos las huellas de los recuerdos.
Doy la vida por un pájaro como el de la película Fresa y Chocolate
No recuerdo con certeza hace que tiempo la vi por primera vez ni tampoco tengo la exactitud de cuantas veces la he visto. Ha sido una de las películas latinoamericanas más controversiales de los últimos tiempos, pues sólo el hecho de que sea cubana y que en su trama se plantean algunos cuestionamientos, de una forma no muy sopalada sobre el régimen fidelista, fuero razones suficientes para que Fresa y Chocolate se conociera en el mundo, rompiera barreras como una producción que marca una pauta diferente dentro de la escuela de cine cubano.
Muchos hablaron de la película: su guión, actores, dirección, fotografía, en fin todos los elementos que los críticos del séptimo arte manejan a la hora de evaluar sin contemplación los trabajos fílmicos. Inclusive, estuvo postulada en el renglón como película extranjera de una de las versiones de los premios de la industria cinematográfica estadounidense, el Oscar.
Para mi, una ignorante completa sobre los asuntos de los amantes del séptimo arte, el atractivo estuvo en otros elementos más sencillos que me cautivaron por completo, pero sobre todo, lo que me enamoró y robó una parte de mi fue el personaje del homosexual, uno de los protagonistas de la trama.
Este Diego (Jorge Perugorría) de delicados ademanes, tenía como característica una constante sonrisa en sus labios, un coqueteo atrevido y un optimismo envidiable a pesar de las limitaciones con las que debía compartir su cotidianidad.
Supo lidiar con el sistema a sabiendas de que su preferencia sexual no era la más aceptada en el esquema de la dualidad oral al que se juega en nuestras sociedades tercermundistas. También supo como no claudicar en el intento y combatir con su trabajo las asperezas que abofeteaban su rostro y poner la otra mejilla siempre y cuando fuera la condición para seguir adelante.
La escasez que abunda en la sociedad cubana nunca lo mutiló para preparar la mejor cena para sus amigos y servir como si fueran reyes a aquellos que le querían por lo que representaba como ser humano. Siempre encontraba la forma de manifestarle aprecio llevando girasoles, regalando un libro importantizando el trabajo del otro o simplemente dejándose conducir por la nostalgia y embriagarse entre lágrimas siempre apoyado del amigo más cercano.
Fue honesto, leal a sus principios y a sus amigos, trabajador, artista, sensible, vulnerable ante los sufrimientos del corazón, constante, fiel, coherente y muy valiente.
El personaje encarnaba algo que no abunda: un ser humano capaz de desdoblarse en mil por hacer feliz a quienes le rodeaban. Un ser humano que encontraba en los detalles más insignificantes la razón para seguir viviendo La noche y el día eran los motivos, el mar una razón, los libros causas y los amigos la vida misma.
Me pregunté tantas veces por qué me había cautivado tanto esta película. Reconozco que durante un período fui adicta a este carrusel de cinta, y como si fuera una zombi la alquilaba una y otra vez a pesar de las reiteradas quejas de mi hija.
Hoy asumo con conciencia la lesión aprendida y me confieso cautiva de lo que reconozco no abunda.
A grito hay una generación que pide, que necesita que se le dé la oportunidad de convertirse en seres humanos, de que nos den como opción humanizar un tanto el entorno, de que nos den rienda suelta para amar a los que nos rodean, de que nos den la oportunidad de saber los que es confiar en el otro, de que no nos arrebaten el derecho a soñar.
No estoy segura de cómo será que lo lograremos, de dónde se sacarán las fuerzas para resistir las amenazas, ni sé de dónde aparecerá la imaginación que se necesita para teñir de colores la realidad que nos abruma, que nos roba el espacio para la creación y que os obliga a someternos a un ritmo productivo que nos deja sin aliento y sin fuerza para saber reconocer que en milagro de un amanecer están las razones para seguir viviendo.
Si pudiera me quedara con la posibilidad de ir por la vida acompañada de quienes quiero, con unos jean y una camiseta sin marca, con un libro de poesías de Benedetti bajo el brazo, una cartera de guamo en la que cargaría con ganas de vivir y una flor en la mano para llevarle a los amigos perdidos en el camino.
Me confieso: doy la vida por el pájaro de Fresa y Chocolate.