
El sudor de las nubes se desmayo en la llanura cibaeña, el perfume de la tierra mojada llego a las ventanas y una libélula azul flotaba en el fondo de tus ojos.
Las campanas azotaban el silencio a lo lejos, manos húmedas de tierra negra besan con dedos acaramelados la intimidad de las raíces, la pasión de la labor con cautela estremece las paredes en el convento.
El jardinero recoge margaritas azucaradas, para los labios de su amada, la lluvia se libera del techo estelar y el disfruta el abrazo y la caricia.
Deslizante de cada gota, son como besos caídos del cielo y es que las nubes experimentaron celos por ver como las manos del jardinero amaban con devoción húmeda y calcinante las entradas de la tierra.

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